dimecres, 6 de març de 2013

El camino de Israel


La guerra ya no gusta. El olor a muerte cansa. Pero ninguno quiere convertirse en perdedor. El Rey no quiere ser Príncipe, sin embargo dicen buscar la democracia. Dos pueblos, dos Estados ¿a qué precio?

 Lior Ben Dor, portavoz del Ministerio de exteriores de Israel, interrumpe su discurso cuando el subconsciente le recuerda que la guerra de su país es fea. “Sé que a ustedes no les gustará lo que digo, pero es muy complejo”, nos repite de vez en cuando. El portavoz afirma que los israelíes ya no están en contra de un Estado Palestino, sino que por el contrario lo apoyan.  Sin embargo,  el concepto de echarle una mano a los que serán “sus buenos vecinos de un futuro”, como él ha designado al pueblo palestino, no es un concepto universal. ¿Cómo apoyarán al pueblo palestino, un pueblo que según ha dicho, tiene el mismo derecho que Israel de conformar un Estado? El señor Lior, así nos los ha explicado:

“El Estado Palestino podrá convertirse en un Estado como tal si lo desmilitarizan. Ellos necesitarán fuerzas policiales para establecer la ley y el orden en Palestina, pero ¿para qué necesitan un ejército si nosotros ya no seremos sus enemigos y firmaremos la paz?” Cuando nuestras miradas hablan, y la duda se hace evidente, el portavoz añade la utopía deliberada, “Si alguien va a atacarlos nosotros vamos a defenderlos, pero nosotros necesitamos el ejército porque ¿quién asegura que Irán, Siria o Argelia vayan a estar de acuerdo?”

Sin embargo, Ben Dor dice que anhela un Estado Palestino, desea la paz. Una paz para el poderoso, un conformismo para el débil. Un disfraz que nadie cree y que evidencia un conflicto cargado de rencor, de ideas que se consideran más importantes que las otras y de un final incierto. 

Ivana Navarro

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